S01E05 – El Amor De Una Madre

May 25, 1997  – 

Dalton y Sonday se encuentran en la posada del bosque de Turok. Es la hora de desayunar pensó Dalton al ver perfilarse el sol a través de su ventana. Antes de bajar se ajustó bien sus pertenencias y bajó al salón principal, hall o comedor. Allí se hallaba sentado Sonday. Aquella mañana vestía su habitual túnica negra y el misterioso libro marrón que se dibujaba en el centro mismo de ella. Después de intercambiar fríos saludos en los cuales Sonday dijo llamarse Merlín aparecío el enano posadero. El posadero lucía una larga barba blanca. Ésta le tapaba prácticamente la cara en la que lo único que se veían eran unos pequeños ojos marrones que irradiaban sabiduría y tristeza. Con un típico tono de voz enano dijo:

Buenos días señores, en un momento les traigo el desayuno.

A lo cual respondió bruscamente Sonday:

— Date prisa viejo, tengo prisa.

Dalton le dirigió una sombría mirada a Sonday pero éste pareció no enterarse. Pasaban los minutos y el enano no aparecía. Dalton esbozó un gesto de preocupación pero Sonday sin embargo se limitó a sacar una botella del interior de su túnica. Quitó el tapón a la botella e inmediatamente surgió de ella una densa nube de humo negro. Una silla se estrepitó contra el suelo mientras Dalton miraba atónito en todas direcciones intentando ver algo. El ruido de unos pasos y un portazo fue lo último que se oyó en el interior de la posada. Recobrado el sentido de la orientación Dalton encontró la puerta y salió sin saber bien lo que tenía que hacer. A su vista se alzaba el denso bosque que había atravesado la noche anterior. A unos 2kms y por encima de los árboles se alzaba siniestramente un castillo. Al bajar la vista vislumbró una sombra negra corriendo entre los árboles. Lógicamente inició una persecución. A medida que los metros que los separaban iban disminuyendo reconoció al humano de túnica negra y apremió la carrera. De pronto Sonday tropezó con una raíz que sobresalía del suelo y cayó de bruces. Dalton llegó e impidicó que Sonday se levantase poniéndole su bota en el pecho. A su lado también en el suelo, había un silbato de señales que se parecía terriblemente al que Dalton tenía. Éste miró en sus bolsillos y al no encontrarlo lo recogió inmediatamente y se lo guardó en un bolsillo.

—¿Qué hacía eso en tu bolsillo, Merlín? —Sonday todavía no le había dicho su verdadero nombre al desconocido.

—Ah, pues no sé.

—¡Voy a utilizar tu túnica como envoltorio para cubrir tu cadaver y dejárselo para rapiñar a los buitres!

—No, espera, si me matas no conocerás a mis amigos y podrías quedarte sin un gran tesoro.

—¿Cómo? No me lo creo.

—Peor para ti. Con tu permiso…

Sonday se disponía a incorporarse cuando Dalton apretó su bota contra el cuello de Sonday al tiempo que decía:

—Espera, quizás no sea tan mala idea. Guíame a donde estén tus compañeros.

—Sonday, después de articular varios susurros se levantó y andando, se encaminó hacia el castillo.

Dalton le seguía muy de cerca pero al observar preocupado la proximidad del castillo se detuvo preguntando:

—Oye, tus amigos están en ese castillo que irradia tanto mal?

—Sí. Por cierto, ¿te ha dicho alguien que eres muy sensible?

Terminados estos comentarios prosiguieron su camino. Estaban a punto de llegar al castillo cuando llegaron a un claro en el que había árboles derramados y la cabeza de un rey tirada en un lado.

Dalton se quedó estupefacto; durante todos los años que permaneció en la corte de su padre nunca había visto semejante salvajada. Sonday, por el contrario, ni se inmutó. Simplemente se agachó a recoger la cabeza y se dirigió a ella en los siguientes términos:

—Vamos, rey de pacotilla, desconozco cómo sigues vivo después de quedar aplastado bajo el peso de Tarrasque pero mi duda no va a impedir que me digas cómo se abre la puerta secreta que da al jardín.

El asombro de Dalton iba en aumento.

—¿Jardín?

Sonday le oyó y esbozó una divertida sonrisa.

—Está bien grosero y maleducado sacerdote, acércame a tus oídos y te lo susurraré.

Sonday obedeció y el rey le susurró algo al oído.

—Bien, ahora que te lo he dicho seguidme, os guiaré ?dijo majestuosa la cabeza que en ese momento estaba cara a cara frente a una tapia de 3m de altura.

—Aquí es—dijo el rey.

—Tú, Dalton, date la vuelta.

—No quiero.

—Date la vuelta.

—No quiero, bis.

—Pues no pasarás.

—Ah, ¿no? Ahora verás.

Dalton se encaramó a la pared e intentó subirla pero resbaló. El rey y Sonday se rieron descaradamente. Con humillación en los ojos volvió a intentarlo y lo consiguió por los pelos. Mientras intentaba pasar al otro lado oyó un pesado ruido y miró al interior: Sonday y el rey se paseaban tranquilamente en el interior de un jardín. Los pocos árboles que había estaban tan retorcidos como si de un rayo se tratar. Había montones de estatuas de valientes guerreros en actitud de movimiento. Las más deterioradas estaban cubiertas de musco y sus ataviós eran tan extraños como sus armas. Lo que más llamó la atención de Dalton fue una estatua que brillaba con fuerza. Gruñus se tomó una poción que le hacía brillante antes de luchar contra la medusa. Esta estatua representaba a un halfling en actitud de ataque con un hacha en lo alto. A sus pies se hallaba un hombre herido de muerte pero todavía vivo. Dalton se dirigió hacia él al tiempo que Sonday dejaba la cabeza del rey en el suelo y se acercaba a examinar la estatua. Sonday comentó que el herido se llamaba Trasper y que la estatua que tenía delante era Gruñus, un estúpido halfling que se había dejado encantar por una medusa. Dalton alarmado al comprobar que un terrible veneno recorría el cuerpo de Trasper se puso a buscar entre la maleza que cubría el frío suelo. Cada inspiración de Trasper era como un alivio que le alentaba a seguir buscando mientras Sonday examinaba entre curioso y divertido la estatua donde estaba sepultado su compañero.

De repente Dalton encontró un frasquito al lado de la fuente. Nada más recogerlo la piel de Gruñus volvió a su estado natural derribando a Sonday al caerle encima.

Eso era demasiado. 2 veces en un mismo día su imponente cuerpo había sido derribado por cosas insignificantes. Juró vengarse de todo aquel grupo de ineptos para sus adentros. Después de recobrarse todo el mundo dirigió sus mirados a Dalton, el cual se dirigió rápidamente al lecho de Trasper. En la botella podía leerse AV.

—¿Qué vas a hacer, Sonday?—preguntó Gruñus.

Dalton se quedó mudo de la rabia que le producía el saber que había sido engañado. Trasper le azuzó:

—¡Lo que fueses a hacer con la botella hazlo ya!

Sonday sonrió para sus adentros.

—Me vengaré—amenazó Dalton al pasar al lado de Sonday. Si alguno de ellos levase un medidor de emociones reprimidas de Freud a estas alturas se habría roto por sobrecarga.— Nadie me engaña de esta forma.

Dalton se acercó a Trasper y vertió el contenido de la botella en el interior de la maltrecha boca. Al instante empezó a recobrarse y a recuperarse: sus heridas se cerraron y sus labios pasaron del granate que precede a la muerte al vivo rosa. Mientras este milagro se sucedía Gruñus se miró a sí mismo con todo su brillo y luego miró a Sonday inquisitivamente.

—Si me das 500mo reestableceré tu brillo natural—le dijo éste.

—Ni lo sueñes Sonday, prefiero mi aspecto actual.

—¿Ah sí? Pues ahora verás.

Sonday empezó a ejecutar extraños movimientos y a gesticular misteriosas palabras. Pasados pocos minutos de las manos del sacerdote una oscuridad que desapareció siendo neutralizada al entrar en contacto con Gruñus.

Gruñus se sentía satisfecho. En verdad que aborrecía la luz y además había conseguido, gratuitamente, que desaparecieses. Sonday se dio cuenta de lo que había hecho y palideció. Era la tercera vez en un mismo día. No se atrevió siquiera a mirar a Dalton quien se reía a carcajadas.

?Pero bueno, ¿es que nadie me hace caso? Si no fuese por mi no estaríais vivos! ?gritó de repente el rey.

Sonday, preso de una furia incontenible, se acercó corriendo y dijo.

—Disculpe su majestad. Voy a pagarle sus servicios.

Dicho esto comenzó a saltar como un loco sobre la cabeza del rey. El resto del grupo se puso a mirar hacia otro lado, incluído Gruñus el berserker. Sonday no paró hasta asegurarse de que no abriría más la boca. Después de este aciago evento pareció calmarse.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Gruñus al grupo.

—Ese charlatán me ha dicho que tenía una barca escondida entre los juncos.

—¿Y..?—volvió a preguntar Gruñus.

—Pues que hay un pequeño poblado portuario a unas 2 millas de aquí.

—Pues venga, ¿a qué esperamos? ¿Vamos allá?—dijo Trasper.

—Este.. yo prefiero irme en solitario—replicó Dalton.

—¿Qué dices Dalton? ¿Por qué?—le preguntó Gruñus.

—Estoy más cómodo en la corte, con mi padre. —Dalton fue un bardo que usó Carlos temporalmente mientras Gruñus estaba convertido en piedra.

—Tiene miedo al agua—susurró Sonday.

Las palabras silbaron en el aire al tiempo que penetraban en los oídos de un histérico Dalton:

—¡No tengo miedo al agua! Es solo que no me apetece estar en una canoa con un soberbio y orgulloso aparte de sacerdote de pacotilla como tú.

Los ojos de Sonday refulgían una terrible ira. Rápidamente Dalton se apartó y dijo:

—Además tu Dios vale menos que un puñado de tierra del peor de los pantanos.

La furia de Sonday llegó a su cúspide y se proyectó cual relámpago contra Dalton. Éste rodó por el suelo librándose de unas garras que se le antojaban siniestras y enormes. Gruñus intervino y separó a los dos hombres que estaban a punto de matarse.

—Tranquilizaos, tranquilos—intentó apaciguar Gruñus.

—Esta me la pagarás con tu vida, bardo roba-canciones.

—Tu semidios me adorará como el hombre que puso fin a la panda de idiotas que le adoraban.

Por un momento pareció que iban a volver a enzarzarse en otra pelea pero el pequeño halfling (gruñus) les detuvo.

—Dalton, decídete, ¿vienes con nosotros o no?—le preguntó Gruñus.

—Está bien, vamos, pero no sé cómo vamos a salir de aquí.

—Yo sé cómo se abren las puertas secretas del jardín.

—Pues no se hable más, vamos—intervino Trasper de nuevo.

Mientras el grupo se acercaba a la pared opuesta por donde habían entrado Sonday, Dalton y el rey Sonday les ordenó:

—Ahora daos la vuelta. Si queréis salir de aquí.

Aparentemente todos se dieron la vuelta hasta que Sonday les dijo que ya podían volverse. Al mismo tiempo una parte de la pared se corrió y dejó abierto un pequeño pasadizo.

—Ja, ja, ja, te he visto cómo la abrías—dijo Dalton.

Gruñus vio el rojo vivo que había tomado el rostro de Sonday y se apresuró a sujetarlo.

—¡Nadie me humilla 5 veces en un día!—tronó Sonday.

Gruñus y Sonday se quedaron petrificados, esa voz no era del sacerdote.

—Tranquilo Sonday, me queda suficiente tiempo para humillarte otras 5 veces.

Sin siquiera esperarlo Sonday se tranquilizó inmediatamente y dejó escapar una siniestra sonrisa que heló la sangre a los del grupo. Rápidamente abandonaron el jardín y se dirigieron adonde Sonday les había indicado. Dalton se dispuso a abrir la boca pero Gruñus le lanzó una mirada suplicadora.

—Un halfling no va a impedir que hable. Yo? ?parecía que le temblaba la voz pero siguió? os dejo aquí ahora que sé volver, prefiero volver a la corte, estoy seguro de que ganaré más dinero con mis talentos.

—Bueno, pues suerte ?le deseó Gruñus.

—Eso, eso, intenta esconderte—dijo Sonday con un misterioso y grave tono de voz.

Inmediatamente el grupo se puso de nuevo en movimiento de camino a la barca. Por el momento solo se percibía el olor a mar. Aunque todavía pisábamos tierra sabíamos que estábamos cerca del Mar de Kal. A medida que avanzábamos una fina capa de agua cubría el suelo. Tras avanzar unos metros más nuestro alrededor empezó a llenarse de juncos altos y numerosos. Cuando el agua ya le llegaba a Gruñus a la altura del estómago Sonday hizo un gesto para que nos detuviésemos y enseguida desapareció entre los juncos. Por la pequeña cabecita de Gruñus, el halfling pasaba en ese momento la idea de que quizás SOnday les habría traicionado. Esta idea se esfumó al ver a Sonday aparecer empujando una canoa para 3. Estaba construída en madera, en el interior había 3 palas. Gruñus seguía sin embargo dudando de la amistad de Sonday.

—Venga, ahora subid, yo empujaré la canoa hacia el interior—decía Sonday al tiempo que acercaba la canoa y se situaba detrás de ella.

—No, deja, ya lo hago yo—contestó Gruñus con suspicacia.

—Está bien, a ver si llegas.

Y tras decir esto Sonday saltó con suma facilidad al interior de la canoa. Seguidamente fue Trasper, tan despreocupado como siempre. Gruñus empezó a empujar la canoa mar adentro.

—¿Así o más adentro?—preguntó Gruñus cuando el agua le llegaba hasta el cuello.

—Sí, bueno, así está bien, puedes subir ya.

Gruñus subió. Fue a partir de ese momento cuando intentaron remar y avanzar: los 3 remaban en el mismo lado de la canoa. Trasper impasivo daba paletazos no con la furiosa fuerza de Gruñus ni tan despacio como Sonday.

Así estuvieron un rato, en una situación tan divertida cualquiera hubiera creído que lo hacían a propósito hasta que Sonday se percató de que algo no iba bien: estaban en el mismo sitio que donde les dejó Gruñus pero, tras varias vueltas completas, ahora mirando hacia el bosque que habían dejado atrás.

—Bueno, vamos a organizarnos, yo remaré por la izquierda, tú Trasper que estás detrás mío rema por el lado derecho y tú Gruñus por la izquierda.

Trasper pensaba en aquellos momentos en lo inútil de las canoas y en la pérdida de tiempo a que conducían.

Comenzaron zigzagueando pero pronto cobraron coordinación y la canoa se empezó a mover. Pasaron las horas avanzando sin novedad cuando de pronto Sonday dijo:

—Ya vamos a llegar, puedo ver el pueblo.

Todos miraron hacia donde señalaba el sacerdote y pudieron comprobar la veracidad de sus palabras: a unos 200m se perfilaban unas casas y un pequeño embarcadero.

El grupo llegó por fin a la playa y se apeó encallando la canoa.Enfrente suyo se alzaba un alto edificio de unas 3 plantas. Parecía sólido y bien construido. De la fachada frontal colgaban 3 anclas que descendían hasta una amplia puerta cerrada. A los lados había ventanas pero también cerradas por sus correspondientes contraventanas. Al lado de la puerta había insertado un cartel de hojalata que rezaba?Posada de las 3 anclas?. A su izquierda se podía ver otro edificio más angosto y largo, tenía toda la pinta de ser un almacén o algún lugar por el estilo.

El grupo decidió asegurarse de tener una cama esa noche así que se dirigió hacia la posada. Antes de llegar a la puerta ésta se abrió y salió corriendo un hombrecillo bajito y regordete.

—Bienvenidos a Monetenapoleone. Me llamo Raccognini y soy el posadero.

—Eh.. esto encantado, yo soy Gruñus, el hombre alto es Sonday y el otro es Trasper. Buscamos un sitio para pasar la noche.

—Oh, yo tengo, sírvanse seguirme.

El grupo se puso en marcha y siguieron al posadero hasta el interior de la posada. Era una habitación con unas mesas situadas en toda la habitación. En la zona opuesta de la que había entrado se elevaba el piso diferenciándose éste del piso más bajo por una barandilla de madera clara. Más al fondo se veían una escalera hacia arriba y una puerta. El posadero dijo:

—Espérenme un momento, voy a traerles algo para beber. Elija, tengo leche de cabra, agua y cerveza.

Gruñus se quedó perplejo: era la primera posada en la que entraba y no tenían vino. Trasper se limitó a decir que él no quería nada y Sonday pidió leche de cabra. Y tras estas palabras el posadero entró por la puerta que había cerca de la escalera. Gruñus, Trasper y Sonday intercambiaron miradas y optaron por esperar a que volviese el posadero.

Pasados unos minutos el posadero reapareció con las bebidas.

(28 de Mayo de 1997)

Bien, ahora me gustaría que supieran que necesito su ayuda.(copiar de la revista 26 de Dragón)

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—¿Me ayudarán? Puedo darles todo el dinero que tengo que, aunque no sea mucho, servirá para satisfacer sus necesidades.

—Por supuesto—afirmó Gruñus con potencia.

—Bueno, yo también, supongo—dijo con duda Trasper.

Sonday no contestó, siguió bebiendo la leche de cabra.

—Está bien, (copiar lo de revista 26 de Dragón).

El grupo se quedó pensativo.

—Ahora, si quieren, les presentaré a una persona que llegó ayer. ¿Me siguen por favor?

—Sí, bueno, vamos allá ?le contestó Trasper al posadero.

Gruñus, Trasper y también Sonday siguieron a Racconigni por las escaleras. Pasaron del primer piso al segundo y al tercero. Continuaron por un pasillo y se detuvieron ante una puerta. Racconigni llamó.

—Señorita, señorita, me dijo que la despertase ahora.

—Ahora, ahora, espera que me vista y ahora salgo.

Apenas pasados unos momentos se abrió la puerta y apareció una joven de muy buen cuerpo ataviada únicamente con un taparrabos de cuero y un chaleco. La imagen se les antojó provocativa a Gruñus y a Trasper y no pudieron evitar que se les escapasen unos piropos muy íntimos.

—¿Cómo te llamas? ?se atrevió a preguntar Trasper.

—Takhisis, ¿y tú?

—¿Yo?.. Trasper, y él, Gruñus—dijo señalando al musculoso Halfling que tenía a su lado.— Ah, y el de la túnica negra es Sonday.

—¿Quieres unirte a nuestro grupo de aventuras? —preguntó Gruñus.

—Sí, ¿por qué no? Yo precisamente voy buscando acción.

A Gruñus y a Trasper se les pasaron unas ideas poco correctas por la cabeza pero pronto fueron disipadas al ver la lontigud de la seax larga que en ese momento recogía Takhisis. Sonday preguntó con suspicacia:

¿Qué es lo que mejor se te da, señora?

—¿Señora? Es la primera vez que alguien me llama así. Lo que mejor se me da es el hurto y el juego.

Todos los compañeros se llevaron instintivamente las manos a los bolsillos pero Takhisis les paró diciendo.

—No, tranquilos, no os he robado nada, no creo que tengáis nada de valor.

Después de esta calurosa bienvenida el grupo con el nuevo miembro y el posadero se fueron a la habitación de Nora. Allí estaba recostada en la cama una joven que claramente se veía que estaba embarazada. A su lado, sentada en una silla estaba la que más tarde nos dijo Raccognini que era la madre de Nora. La madre estaba adormilada y cuando entraron los visitantes casi pegó un bote.

—Hola querida, han venido unos caballeros que van a ayudarnos—dijo Raccognini a su esposa.

—¡Ah! Hola, me llamo Mestre, soy la mujer de Raccogninin.

—Hola, encantado—dijo Gruñus en nombre de todo el grupo.

Raccognini se marchó a sus quehaceres matinales y les dejó solos.

—¿No sabrá usted algo que su marido no sepa, no?—insinuó sin delicadeza Gruñus.

—No, el que quizás sepa algo es Zoldo, el hijo de Ormea el pescadero.

—Ya, bueno, muchas gracias, adiós—se apresuró a decir Trasper.

—Espera, este… ¿cree usted que podría ir a pescar con Zoldo?

—Sí, creo que sí, aunque parten antes de rayar el alba. Tendrás que madrugar si quieres ir con ellos.

—Eso no es problema, le diré a Raccognini que me despierte cuando llegue el momento.

** DM: Después de esto y de otras cosas Gruñus fue a pescar con Zoldo durante un día entero y finalmente la mujer dió a luz a la horrible criatura. También apareció Alfalfa la noche antes de que fuese a dar a luz y les maldijo, creo. **